A Juan Fernández

 

                La primera vez que vi una “escultura natural” de Juan Fernández Mayo me quedé perplejo y maravillado. Me sorprendió su estructura inquietante, me embelesó la madeja de sugerencias estéticas que poblaba cada uno de sus rincones.

 

                Y es que Juan Fernández es todo un artista, por naturaleza doble. Por supuesto que la obra es lo que más y mejor habla y dice de un artista, pero no me resisto a comentaros que, desde que lo conozco, Juan ha hecho de su vida una obra de arte, casi siempre.

 

                Su trayectoria vital y artística se ha movido entre la tradición y la originalidad, aunque eso pueda parecer contradictorio: tradición que él asume y que lo ayuda a respetar profundamente su alrededor, nuestro pasado y nuestro presente; originalidad que le permite expresarse como persona individual, que investiga y enriquece su entrono cultural, de manera absolutamente única.

 

                Gran tabernero, en el más acrisolado y digno sentido de la palabra, junto a su familia, ha convertido a “La bomba” en Gerena en una auténtica y cálida “Academia de la Cultura Tradicional de Andalucía”, un reflejo cabal de su espíritu y el de su gente: allí no encontrareis radio ni televisión, pero si podréis sumergiros en una preciosa mezcla de tertulia andaluza en galería de arte, donde se practica la noble artesanía de la comunicación oral: la charla y el cante.

 

                Me encantaría que cuando veáis alguna de sus “escultura típicas” os lo imaginarais desde el comienzo de su proceso estético, que se convierte en un auténtico “parto artístico”. Juan sale al campo, recoge los regajos, huronea los barrancos y los arroyos, husmeando sugerencias, con todos sus sentidos abiertos a los miles de mensajes que les va transmitiendo la Naturaleza, cuyos códigos conoce cordial y ampliamente. De pronto, se topa con un sistema de raíces al descubierto, las recorre con la vista, intuye y siente las sugerencias las valora. Y luego, ya en su casa, saca de esa Naturaleza “su mejor tú”, como si estuviera terminando una obra inacabada, con toda modestia, pero con una eficacia rotunda y fértil, que culmina en “una obra de arte doble”: la del instinto y la del espíritu.

 

                Para mí, no es necesario encasillar artísticamente a Juan Fernández Mayo. Si hubiera que etiquetarlo obligatoriamente, habría que buscar un nombre muy compuesto, que abarcara desde el neoprimitivismo al surrealismo, el impresionismo, el romanticismo y unos cuantos “ismos” más. Pero insisto, ni quiero ni necesito encasillarlo porque sé, que Juan “no está terminado” todavía. Nos aguardan muchas sorpresas más de su actitud artística: nos queda mucho que ver, mucho que sentir, y mucho que admirar.

 

José María Pérez Orozco